Dentro y alrededor de la Reserva Nacional Pacaya Samiria vive una vibrante población local, heredera de tradiciones amazónicas y aliada clave en la conservación. Entender la realidad de estas comunidades locales es fundamental, pues la interacción armónica entre la gente y la naturaleza es uno de los pilares del éxito de Pacaya Samiria como área protegida. A continuación, se aborda quiénes son estos habitantes, cómo se organizan y de qué manera aprovechan sosteniblemente los recursos de la reserva.
Población y cultura: En el ámbito de Pacaya Samiria se encuentran aproximadamente 208 centros poblados (comunidades y caseríos), con unas 40 mil personas viviendo dentro de la reserva y 50 mil en su zona de amortiguamiento. Gran parte de la población local se identifica como comunidades nativas amazónicas, pertenecientes mayoritariamente a la etnia Cocama-Cocamilla. Los cocamas tienen una larga historia en la cuenca del Marañón y Ucayali; su idioma y costumbres aún perviven, mezcladas en muchos casos con influencias mestizas. Además de los cocamas, hay presencia de otros pueblos indígenas en menor proporción, como los Shiwilu (Jebero) y los Urarina, que se asentaron históricamente en ríos aledaños (como el Chambira) y algunos migraron hacia zonas de la reserva. Junto a la población indígena, existe población mestiza (descendientes de colonos ribereños) integrada en las mismas comunidades. Esta mezcla ha dado lugar a una rica cultura ribereña, donde conviven conocimientos tradicionales de la selva con prácticas introducidas durante la época de las misiones jesuitas y la explotación cauchera.
El modo de vida de la mayoría de habitantes es de subsistencia sostenible, íntimamente ligado al entorno natural. Las comunidades dentro de Pacaya Samiria viven principalmente de la pesca, la caza tradicional regulada, la recolección de frutos silvestres y la agricultura de pequeña escala (chacras familiares en islas o restingas). El pescado es la base de su alimentación (con especies como boquichico, tucunaré, palometa entre sus dietas diarias), complementado con frutos del bosque (aguaje, ungurahui), carne de monte obtenida bajo estrictos cupos (ej. algunos rodedores silvestres, aves) y cultivos de yuca, plátano y maíz para autoconsumo. Esta dependencia directa de los recursos naturales hace que las comunidades tengan un profundo conocimiento ecológico tradicional: saben cuándo llegan los peces migratorios con la creciente, qué árboles dan fruto en cada estación, dónde anidan las taricayas, etc., y utilizan ese conocimiento para planificar sus actividades anuales.
Organización y participación en la gestión: Lejos de ser espectadores pasivos, los pobladores locales se han convertido en co-gestores de la reserva. Desde hace décadas existen organizaciones de base que agrupan a las comunidades para representarlas y coordinar con el Estado. Por ejemplo, asociaciones indígenas como AIDECOS, ADECOP, AIDEMA, entre otras, articulan a decenas de comunidades nativas dentro de Pacaya Samiria. Estas organizaciones velan por los derechos comunales, canalizan proyectos productivos y, muy importante, promueven la vigilancia y manejo sostenible de los recursos naturales. En conjunto con SERNANP, las comunidades han establecido comités de manejo para distintos recursos: comités de manejo pesquero, de quelonios (tortugas), de aguaje, de paiche, etc. Por medio de estos comités, los propios pobladores planifican cuotas de aprovechamiento, temporadas de veda y patrullajes de control para evitar la extracción ilegal. Esta participación ha sido tan efectiva que Pacaya Samiria es reconocida como un modelo de manejo participativo en el Perú.
Un ejemplo emblemático es el Programa de Manejo de Taricayas (tortugas acuáticas). Cada año, entre julio y noviembre, familias de varias comunidades se organizan para proteger las playas de anidación de la taricaya. Recogen cuidadosamente los huevos de tortuga y los incuban en playas artificiales seguras, lejos de depredadores. Tras ~70 días, cuando nacen las crías, realizan liberaciones masivas devolviendo miles de tortuguillos al río. Gracias a esta iniciativa que inició en los 90s, se ha logrado recuperar las poblaciones de taricaya a niveles saludables. Tan exitoso ha sido el modelo que se ha replicado en otras áreas protegidas del país. De igual manera, existen programas de manejo del paiche, donde grupos locales cuentan y evalúan la población de este pez gigante en lagunas designadas y establecen cuotas de pesca anuales bajo supervisión. Solo el excedente (crecimiento de la población) se aprovecha comercialmente, asegurando que la población reproductora se mantenga o aumente. Esto no solo conserva la especie, sino que genera ingresos económicos importantes para las comunidades a través de la venta legal de paiche.
Beneficios económicos sostenibles: La conservación para las comunidades locales no es solo una carga, sino una fuente de bienestar. Actualmente, múltiples iniciativas sostenibles generan ingresos directos a las familias: turismo comunitario (alojamiento, guiado, venta de artesanías), aprovechamiento de frutos no maderables (como el aguaje para pulpa de bebidas, el aceite de ungurahui, las fibras de chambira para artesanías), pesca comercial de especies autorizadas, etc. Un caso reciente es el del aguaje: se firmó un acuerdo público-privado para la cosecha sostenible de aguaje en la reserva, donde las comunidades venden la pulpa de este fruto a una empresa de bebidas, garantizando un pago justo. Gracias a ello, en 2020 se reportó que las comunidades obtendrían más de 630 mil soles por el aprovechamiento de aguaje de manera ordenada. Este tipo de bio-negocios demuestra que la selva en pie genera más beneficios a largo plazo que su destrucción, y los pobladores lo comprenden.
Asimismo, muchas comunidades reciben fondos de incentivos o proyectos de desarrollo a cambio de sus labores de vigilancia y conservación. Por ejemplo, programas de «Guardaparque Voluntario» donde comuneros apoyan a los guardaparques oficiales en patrullajes reciben equipamiento, mejoras en sus escuelas, centros de salud, etc., financiados por ONG o el estado. Esto ha creado un sentimiento de orgullo local por la reserva: los jóvenes ven en la conservación una oportunidad y participan activamente en las tareas (guianza turística, monitoreo biológico, reforestación de riparios, etc.).
Desafíos sociales: A pesar de los logros, las comunidades enfrentan retos. La educación y la salud en zonas tan remotas suelen ser limitadas; muchas aldeas solo cuentan con escuelas primarias multigrado y postas sanitarias básicas. La conectividad es difícil: en época de vaciante, algunos ríos no son navegables, aislando comunidades por semanas. Además, actividades ilegales como la pesca con explosivos o la caza furtiva aún tientan a algunos, especialmente a foráneos, por lo que la vigilancia debe ser constante. Sin embargo, el empoderamiento comunitario ha reducido significativamente la caza y tala ilegales dentro de Pacaya Samiria. La propia gente denuncia a infractores externos para proteger “su” recurso, lo cual indica un cambio de mentalidad hacia la conservación.
Cultura y conocimiento tradicional: Las comunidades de Pacaya Samiria mantienen vivas muchas prácticas ancestrales. La medicina tradicional, por ejemplo, es fuerte: los chácharos o curanderos locales emplean plantas del entorno (como la corteza de chuchuhuasi, la uña de gato, el ajo sacha) para tratar dolencias. También pervive la pesca con barbasco (una liana tóxica utilizada en cochas aisladas para atontar peces), aunque ahora solo en contextos culturales controlados, pues su uso indiscriminado está prohibido. En festividades, como las fiestas patronales, es común la preparación de bebidas típicas fermentadas como el masato (a base de yuca mascada) y la práctica de bailes al son de pandillas loretanas. Estos elementos culturales se fusionan con la vida silvestre: muchas historias orales hablan de los animales de la reserva (el mito del bufeo colorado que se transforma en hombre, la madre tortuga Taricaya, etc.), reflejando la estrecha relación entre la cosmovisión local y la naturaleza.
En resumen, las comunidades locales de Pacaya Samiria son guardianes y beneficiarios de la reserva. Su forma de vida sostenible demuestra que es posible habitar la Amazonía sin destruirla, aprovechando con respeto y sabiduría lo que el bosque y el río ofrecen. El modelo de gestión participativa, con indígenas y ribereños a la cabeza de la conservación, ha hecho de Pacaya Samiria un ejemplo internacional. El futuro de la reserva está ligado al futuro de su gente: educar a los niños en valorar su patrimonio natural, mejorar sus condiciones de vida e integrarlos plenamente en las decisiones de manejo, asegura que las nuevas generaciones continúen protegiendo este invaluable rincón del Perú.
